El final de la vida suele estar estrechamente relacionado con la enfermedad, la cual, con probabilidad alta, no tenga una recuperación o curación. El cuerpo nos confronta con nuevos y duros síntomas. En general se pasa más tiempo y dedicación entorno a aquello que ya no funciona o duele. El desarrollo de una enfermedad suele acarrear miedos, incertidumbres pudiendo llevar al enfermo e incluso a sus familiares al borde de sus capacidades de manejo de la situación.

El personal sanitario, médicos, enfermeros, etc.. cobran una mayor importancia, siendo depositadores de las más intimas esperanzas de mejora, una mejora que en muchos casos no suele darse.

Es por ello que aunque el paciente terminal esté en una situación, generalmente de cama, en la cual no se le puede pedir grandes pasos ni movimientos, ni internos ni externos, es fundamental, dentro de lo posible conseguir un clima en el cual su actitud interna sea la más idónea para vivir el proceso con las mejores opciones posibles.

Cuando ciertas funciones corporales cesan o disminuyen, el paciente se enfrenta a nuevos retos, como el soltar, el convivir con esa pérdida, etc.. Generalmente son funciones corporales que le han acompañado y ayudado durante toda la vida, y es posible que en cuestión de incluso minutos, cesen sus funciones. Cada nuevo día se confronta con nuevas pérdidas como algo normal.

En ocasiones es recomendable centrarse en las funciones corporales que sí funcionan, aunque vigilando no caer en un excesivo optimismo, por varias cuestiones: por negar con ello la evidencia de lo que no funciona, con excesivo buenismo y centramiento en lo que sí funciona, pudiéndose el paciente no ser tendido en cuenta en toda su cruda dimensión, y a su vez por el peligro que conlleva felicitarse emocionalmente por algo que sí funciona y el riesgo de perderlo en próximas etapas del proceso, con el consiguiente desánimo. Aún asé es recomendable disfrutar de las acciones que todavía es capaz de realizar el cuerpo del paciente, con la mayor autonomía e independencia posible. Como por ejemplo, si no le es posible ir al baño sólo, pero si gestionarse esa acción, poner un orinal cerca de la cama, o si por ejemplo aún es capaz de escuchar, traerle su música o audiolibros de los que pudiera disfrutar.

 

Una enfermedad terminal implica un cambio de rumbo en los planes del paciente. En muchos casos es también el fina de una vida laboral, en ocasiones los ingresos económicos se reducen, se pueden incrementar los gastos hospitalarios, las preocupaciones aumentan, a la vez que se reducen capacidades fundamentales del ser humano, como su movilidad, el ritmo diario está marcado por la enfermedad y sus consecuencias.

Muchas personas en esos momentos se encierran en sí mismos, dejan de participar de la vida, de las actividades sociales o cotidianas. Tienen que pedir ayuda, de personal médico, sanitario, de familiares. Los profundos cambios vitales no se pueden esconder ni separar de su entorno. El mundo cercano del paciente se da cuenta de los cambios, y el paciente se da cuenta de que su entorno toma nota de la situación. Cuanto más avanza la enfermedad más complejo y prácticamente no posible es esconder la enfermedad en el entorno, por lo cual se invita a no tapar, a mencionar, a expresar la situación tal como es, sin exceso de drama, pero tampoco con exceso de optimismo.

Hay pacientes que se avergüenzan de su vulnerabilidad, que no quieren que su entorno les vea tan extremadamente débiles. Esta situación es entendible, y por una parte no hay que “exponer” al paciente a situaciones visuales que no desee, como que algunos familiares, seres queridos, o sencillamente compañeros de trabajo le vean en una situación que él pudiera entender como indigna. Por ello es fundamental que el entorno del paciente mantenga el ambiente en la habitación del enfermo con aromas de respeto y dignidad, no es necesario confrontar a todo el entorno ni al paciente con cualquier situación incómoda. A su vez conviene observar que ello no sea motivo para perder la ocasión de encuentro, de verse, de llorar, de abrazarse, de reír juntos. Puede ser una ocasión muy hermosa para que entre los miembros del entorno y el paciente surja un clima de respeto, honestidad, ternura y cariño.

Enmascarar la situación puede llevar a complicar más el cuadro, a no permitir a ninguna de las partes sentir y en su caso, expresar las emociones que están emergiendo. Tapar la situación es algo lógico y entendible, incluso una forma de autoprotección. Pero sería muy recomendable aceptar la reducción de funcionalidades como parte normal del proceso, y convivir con ellas lo mejor posible, sabiendo que la transitoriedad del cuerpo humano. Que éste cuerpo tiene su tiempo, su proceso, su apagado

 

 

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