1. Aprender a conversar.

Es conveniente que la mayor parte de la relación con el niño sea una conversación, reduciendo al mínimo el modo de interrogación. En ocasiones preguntar es necesario, pero es importante reducir al mínimo este formato para que el niño se cree un clima de dar la sensación de ser tenido en cuenta. Y se evita el recurrente riesgo de que el niño al sentirse interrogado, más acerca de un tema que es también nuevo para él, se bloquee y no quiera expresar.

Establecer una conversación con un niño en fase terminal requiere dedicarle tiempo y espacio, cuidar los detalles, el entorno, lo más cálido y similar al que es o ha sido su hábitat natural.

Se puede crear un entorno con juguetes, sillas pequeñas, colores amables. Si esto no es viable, buscar alternativas como sentarse en el suelo o en la cama, pero vigilando qué dentro de lo posible, el conversador esté a una altura visual similar a la del niño, que el niño no tenga que mirar de abajo arriba al interlocutor, para no activar sensaciones de inferioridad con el otro.

  1. Evitar tópicos.

Una tendencia habitual y generalizada es usar el elenco de frases prefabricadas que en algún momento se han escuchado, como último recurso para generar una conversación o incluso tratar de paliar el dolor. Pero, en general, esas frases carecen de contenido emocional y tienden más bien a separar al interlocutor del niño, que está en un proceso personal delicado y muy individual.

Ejemplos de frases hechas serian:

Todos nos vamos a morir

Sé cómo te sientes

Debes seguir luchando

Tienes que ser bueno

Si lloras nos ponemos tristes, etc..

  1. Evitar intervenciones paternalistas

Evitar los deberías, deberías hacer, tienes que, etc… también los juicios de valor entorpecen una comunicación equilibrada con el niño, feo, guapo, bueno, malo, etc…

  1. Usar elementos de transición.

Es recomendable y facilita enormemente la conversación, darle al niño alternativas para expresar sus inquietudes, tales como muñecos de peluche, objetos, marionetas. Crear un clima de confianza con algún objeto (cada niño siente empatía con un determinado tipo de objeto diferente) y una vez instaurada la confianza, invitar al niño que le cuente a ese objeto lo que le preocupa.

También se pueden usar herramientas como cuentos, películas, dibujos. El niño puede hablar de su mundo emocional usando a personajes de cuentos existentes o crear unos personajes propios y personales.

  1. El interlocutor es el niño

Según qué relación tengan los adultos de su entorno con los niños en general y con el niño en fase terminal en concreto, puede haber cierta tendencia a interpelar, a hacerle creer que debe expresar unas cosas u otras, incluso es muy tendente cortar las frases del niño, acabarlas por él si no encuentra la forma de expresarse, etc..

Por ello es importante darse cuenta de que el interlocutor es el niño, darle espacio y protagonismo. E invitar a los adultos de su entorno a escucharse mutuamente pero dando espacio principal al niño, que es el protagonista.

  1. Tener paciencia, saber esperar.

El ritmo de los niños es diferente al de los adultos, por lo tanto es importante tener paciencia y respetar los tempos del niño. No forzar, pero estar presente. Estar disponible para cuando sea el mejor momento para conversar.

  1. Indicadores de comunicación

Los niños tienen una capacidad natural para acercarse al tema de la muerte, dado que no están tan afectados por los conceptos adultos de la misma. La intuición e incluso la premonición característica de los niños abren posibilidades a conversar acerca del tema con una naturalidad inusual en un adulto.

Salvo excepciones, el niño querrá no estar solo, que se le acompañe en el recorrido por las fases de la enfermedad, que se le ayude a manejar la situación, una situación compleja, dado que suele ser, salvando al personal médico, nueva para todos los implicados más cercanos, tales como padres, hermanos, compañeros de colegio, y el propio niño.

En la mayoría de ocasiones las peticiones son explícitas y dirigidas a los padres. La dificultad radica en que los progenitores suelen estar tan inmersos en gestionar el dolor de futura pérdida, que ese dolor puede ser tan inmenso que bloquea la capacidad de escuchar, de atender las necesidades del niño, de conectar con su anhelo interno.

Cuando el niño observa ésta dificultad de los padres para gestionar la situación, por una especie de amor ciego, tiende a querer liberarles de esa responsabilidad, con aislamiento y cierta preferencia a vivir el proceso en soledad.

Por lo tanto es fundamental para los padres tener una ¨doble vía” de gestión de la situación, una de cara al niño y tratando de atender sus necesidades, y otra en la que en un ámbito de adulto se observe, comparta, exprese sus propias sensaciones. Aun así es importante generar un especie de puente, honesto y sincero entre éstas dos vías, porque el peligro en el que se puede caer es en tener “dos caras”, ante el niño y en la privacidad, y eso es contraproducente en muchos ámbitos. Para empezar porque la tradicional capacidad de percibir estados emocionales por parte de los niños, hará que éste note que hay algo que no es coherente o está desfasado, y segundo porque esa especie de generar algo de fachada, genera un estado falso y artificial.

La propuesta de las dos vías, es tratar con coherencia, respeto y honestidad el espacio de comunicación con el niño, siguiendo, dentro de lo posible las pautas aquí señaladas, y a la vez gestionarse el adulto sus propias emociones en un entorno apropiado para ello, que es generalmente con otros adultos.