El derecho al miedo, a la esperanza, a la inquietud.

Cuando un paciente está en fase terminal, suele ser una experiencia en primicia, suele ser la primera vez que se enfrenta a una situación tan tensa y con un final tan definitivo.

Es por ello que es normal que emerjan en el paciente muchas y nuevas emociones y sensaciones asociadas al miedo, a la incertidumbre, a la rabia.

Es importante entender estas sensaciones por parte del entorno, dado que si bien está perdiendo a un ser querido, no se encuentra en la misma situación que la del propio paciente terminal y es complicado ponerse en su piel.

Existen una lista de derechos del enfermo terminal reconocidos oficialmente por la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero más allá de ellos, el paciente tiene un derecho “moral” a su propio miedo, al desconcierto, a la inseguridad, incluso a la esperanza.

Habrá momentos en el mundo emocional del paciente que la frontera entre las sensaciones descorazonadoras estén frágilmente cerca de las esperanzadoras y a la inversa. A todo ello tiene derecho el paciente, y el entorno debería poder saber permitírselo.

Para ello es importante que el entorno sepa gestionarse sus propias esperanzas y sus dolores, transmitiendo así al paciente una sensación de que su mundo emocional, a veces para él mismo desconocido, es acogido y recibido.

Cuando una persona se siente amenazada, emergen en él miedos y conflictos, lo mismo ocurre con un enfermo terminal, cuya amenaza es aun mayor y real.

Por ello es importante que cada miembro del entorno se permita y permita que vengan las emociones que surjan.